lunes, 2 de mayo de 2011

NOVECENTO: La leyenda del pianista en el océano


[...] Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque sino puedes acabar volviéndote loco. Cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. Cuando abres el periódico y lees que has estallado la guerra. Cuando ves un tren y piensas tengo que largarme de aquí. Cuando te miras en el espejo y te das cuenta de que eres viejo. Cuando, en mitad del océano, Novecento levantó la mirada de su plato y me dijo:
“En Nueva York, dentro de tres días, bajaré de este barco.”
Me quedé de piedra.
Zas.
[...] empecé a atosigarlo, quería comprender por qué, tenía que haber alguna razón, uno no se está treinta y dos años en un barco y luego de repente, se baja del mismo, como si nada hubiera pasado, sin decirle por qué ni siquiera a su mejor amigo, sin decirle nada.
“Tengo que ver algo allí abajo”, me dijo.
“¿Qué?” No quería decir qué, y resulta comprensible porque, cuando al final lo dijo, lo que dijo fue:
“El mar.”
“¿El mar?”
Ya ves tú. Podías pensar en cualquier cosa, pero nunca en eso. No quería creérmelo, parecía una auténtica tomadura de pelo. No quería creérmelo. Era la gilipollez del siglo.
“Hace treinta y dos años que estás viendo el mar, Novecento.”
“Desde aquí. Yo quiero verlo desde allí. No es lo mismo.”
[...].
”De acuerdo, espera a estar en el puerto, te asomas y miras todo lo que quieras. Es lo mismo.”
“No es lo mismo.”
“¿Y quién te lo ha dicho?”
Se lo había dicho uno que se llamaba Baster, Lynn Baster. Un campesino. Uno de esos que vive durante cuarenta años trabajando como un burro y lo único que ha visto es su campo, y una o dos veces, la gran ciudad, unas leguas más allá, el día de la feria. Pero lo que a él le había pasado era que la sequía se lo había quitado todo, la mujer se había fugado con un predicador de vete tú a saber qué, y a sus hijos se los habían llevado unas fiebres, a los dos. En fin, uno que nació estrellado. De manera que un día recogió sus cosas, y recorrió toda Inglaterra a pie, para ir a Londres. Pero, teniendo en cuenta que no entendía mucho de caminos, en vez de llegar a Londres acabó en un pueblecito insignificante, aunque, no obstante, si seguías por aquel camino, girabas un par de veces, y rodeabas una colina, al final, de repente, veías el mar. Nunca lo había visto, se quedó pasmado. Lo había redimido, si hay que creer en lo que decía. Decía: “Es como un grito gigantesco, que grita y grita, y lo que grita es «¡Pandilla de cabrones, la vida es algo inmenso!, ¿queréis enteraros o no? Inmenso.»”
Alessandro Baricco

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