
Según la ética, "de la admiración parte el conocimiento. Si no hay admiración no hay inquietud en reflexionar sobre en qué consiste algo".
Recuerdas con qué frecuencia decías, totalmente convencido después de ver una peli o un teatrillo de esos a los que te llevaban en la escuela: ¡Quiero ser como es@! Y la cosa no quedaba ahí, no. Te emperrabas en ello y no dejabas de dar la tabarra hasta que se te olvidara. ¿Quien no se ha puesto a pegar patadas voladoras o a hacer la garza después de ver a Daniel Sam en karate kid? ¡Que levante la mano quien no ha jugado a Superman, con el baby puesto del revés y saltando desde el escalón más alto!
Yo misma me puse a estirar durante meses después de ver una peli de ballet. Incluso cerraba los ojos fuerte fuerte y cuando los abría me empezaba a comportar como si me hubiera convertido en aquél a quien admiraba... jajaja. Sin embargo, con el tiempo hemos perdido la capacidad de asombrarnos y de jugar a ser superhombres. Como mucho nos autocensuramos justo antes de soltar: “De mayor quiero ser... WTF! Pero si ya soy mayor... pues nada! A mamarla” Y reinicias tu papel mediocre en una peli independiente de bajo presupuesto que ni loco enseñarías a alguna productora.
La mayoría de las cosas que aprendemos en los primeros años de vida es por imitación. Así que, volvamos al “quiero ser”, a ponernos los tacones de mamá, a encarnar los valores del prota, a estudiar como un cabrón, a disfrazarnos de Lara Croft y a dar por saco con el látigo de Indiana Jones.
Comienza la caracterización hacia el “cuando sea grande” de tus sueños. Vuelve a ser el ridículo boquiabierto y ojiplático de cuando veías Bruce Lee.
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